✍️ Columna | Constancia frente al ruido

✍️ Columna | Cuidar el movimiento

Por Víctor Hugo Acevedo

En política, hay momentos de euforia y momentos de responsabilidad. Morena atraviesa hoy el segundo. No es tiempo de improvisaciones ni de protagonismos personales; es tiempo de cuidar lo que se ha construido. El mensaje es claro: 2026 no es un año más, es el año donde se define el rumbo interno de un movimiento que en 2027 enfrentará una de las elecciones más grandes y decisivas de su historia.

Quienes entienden la política como proceso saben que la fuerza de Morena no radica solo en los resultados electorales, sino en su estructura territorial. Más de 10 millones de afiliados, distribuidos en 71 mil 500 secciones, no son una cifra menor ni un dato de ornato. Es una maquinaria social y política que no tiene comparación en el país. Pocos movimientos pueden presumir presencia real en cada rincón del territorio nacional.

Por eso la insistencia en la encuesta como método. No se trata de ocurrencias ni de imposiciones: se trata de medir, escuchar y ordenar. Morena aprendió que la legitimidad interna es clave para sostener la legitimidad externa. Y ahí entra el enfoque municipalista: capacitar, formar y fortalecer gobiernos locales que atiendan las necesidades básicas desde abajo, donde verdaderamente se siente el impacto de la política pública.

El discurso también deja claro algo más profundo: el modelo funciona. No es propaganda decir que 13.4 millones de personas salieron de la pobreza, ni que México pasó de ser uno de los países más desiguales del continente a convertirse en el segundo menos desigual en apenas siete años. Son datos que incomodan, sobre todo a una oposición que no logra articular una narrativa creíble frente a esos resultados.

La derecha —no la oposición institucional, sino esa derecha que apuesta al descrédito— aparece retratada como moralmente derrotada, recurriendo a campañas de lodo porque no tiene proyecto. Y eso explica por qué, cuando se observa el avance de opciones conservadoras en otros países, el contraste resulta evidente: en México, el faro sigue encendido del lado de la transformación.

Nada de esto sería posible sin liderazgo. El gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador marcó un antes y un después, y el de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo representa la continuidad de un proyecto que no se detiene. Ambos son, como se ha dicho, el motor del movimiento, no desde la consigna, sino desde los resultados.

El mensaje de fondo es político y estratégico: Morena debe cuidarse a sí misma. No caer en la soberbia, no perder el contacto con la gente, no olvidar que el poder es prestado y que se sostiene con organización, disciplina y resultados. El reto no está solo en ganar elecciones, sino en sostener un modelo que ha demostrado que sí se puede gobernar distinto.

La transformación no está garantizada por decreto. Se defiende, se organiza y se trabaja todos los días. Y hoy, más que nunca, Morena parece tener claro que el futuro se construye con estructura, con territorio… y con memoria.

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