COLUMNA ✍🏻 Sin lugar a dudas: La Reforma Electoral democratiza la democracia

COLUMNA ✍🏻 Sin lugar a dudas: La Reforma Electoral democratiza la democracia

✍️ Columna

Por: Víctor Hugo Acevedo

Hay momentos en la vida pública en los que no hace falta adornar las palabras.
Cuando una idea nace desde la inconformidad social y se sostiene con argumentos, basta decirlo claro: sin lugar a dudas, una reforma electoral es necesaria.

Celebrar que el tema esté sobre la mesa no es un acto partidista, es un acto ciudadano.
Durante años, muchos hemos señalado que el sistema electoral necesita ajustes profundos para volver a conectar con la gente. No se trata de destruir instituciones, sino de repensarlas para que cumplan mejor su función.

Uno de los puntos más sensibles —y más repetidos en la conversación pública— es el de los plurinominales.

Hoy, la forma en la que se eligen responde más a acuerdos internos que al contacto con la ciudadanía. Hay diputadas y diputados que nunca caminaron una colonia, que jamás pidieron el voto y que, aun así, toman decisiones que impactan a millones. Eso, simple y llanamente, no es representación.

Replantear este modelo no significa cerrar espacios, sino abrirlos a la legitimidad.
Que quien aspire a legislar tenga que mirar a los ojos al pueblo, escuchar sus demandas y ganarse su respaldo. La democracia no puede seguir siendo un trámite de escritorio.

Otro tema inevitable es el financiamiento. La política en México es costosa, demasiado costosa. Y no solo para los partidos, sino para la organización misma de las elecciones.

Reducir esos gastos no implica debilitar al INE ni poner en riesgo su autonomía; implica usar mejor los recursos públicos y recordar que ese dinero sale del esfuerzo de millones de ciudadanos.

Y hay un punto que cada vez cobra más fuerza: el voto y la representación de quienes viven fuera del país.

Millones de mexicanas y mexicanos en Estados Unidos sostienen comunidades enteras con su trabajo y sus remesas, pero siguen sin tener una voz plena en las decisiones nacionales.

Pensar en diputaciones que los representen no es una concesión, es una deuda democrática.

La democracia del futuro no puede limitarse a votar cada cierto número de años.

La gente quiere participar, opinar, decidir. Quiere consultas reales, procesos de revocación claros y mecanismos que le devuelvan el control sobre la vida pública.

Eso es democracia participativa, no solo electoral.

Todavía no hay un proyecto definitivo, y eso es lo sano.

El debate apenas comienza y debe nutrirse de todas las voces: académicos, ciudadanos, colectivos, jóvenes, migrantes.

Lo importante es que los temas queden, que no se archiven, que no se diluyan en la comodidad del status quo.

Porque si algo ha quedado claro es esto:

la democracia no se defiende quedándose inmóvil, se defiende evolucionando.

Y hoy, sin lugar a dudas, México está listo para discutir cómo democratizar, de verdad, la democracia.

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